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UNA
DESPEDIDA PARA "EL AVELINO"
Martes 22 de julio de 2003.
El verano soriano instalado ya en los resecos campos que te dieron
la vida y la inspiración. La noticia parte en dos el corazón de
la recia gente de Valdegeña: te has ido a desgranar tu limpia prosa
al otro lado de la vida. El Rituerto, este año especialmente pródigo
en agua, como si fuera una premonición de tu partida, llora lágrimas
más salobres que nunca en la Fuente de la Peña, y el canto de las
codornices jóvenes suena en los ribazos del Llano como eco de plañideras
al tiempo de acostarse el Sol, allá por San Román.
Te has ido y ahora, sin
ti, somos muchos menos en este menguado pueblo. Nos falta el contador
de cuentos, el poeta de la vida sencilla de antaño, el novelista
del realismo amargo contado con palabras cristalinas y el conocedor
de los refranes y adivinanzas que habíamos olvidado. Pero más que
eso, nos falta el compañero de las excursiones de caza y de las
noches sentados al fuego del hogar, el amigo de las preguntas curiosas
y de los buenos consejos, el camarada ávido de conocer todas las
nuevas y, sobretodo, el hermano que fue solidario con las penas,
muchas, y las alegrías, pocas, de los zorreros que habitamos este
valle que se dio en llamar Valdegeña.
Pero no pienses que tu ausencia,
aún siendo dolorosa, nos entristece. La parca había anunciado su
visita con antelación y, al cortar el hilo que te unía a la vida,
ha cortado también tu sufrimiento callado y los de quienes te rodearon,
especialmente el de Tere, con quien compartiste lo mejor de tu vida.
No, no estamos tristes porque pensamos que has vivido de la manera
que querías, y has dado más sentido a la vida de muchos de nosotros,
y a la de este rincón soriano donde aprendiste las palabras que
luego dejarías, mejoradas y repletas de nuevos sentidos, en tus
libros.
No estamos tristes porque
sabemos, ahora más que nunca, que agotaste las posibilidades que
te ofreció la existencia, y dejaste lo mejor de ti en cada una de
las facetas de tu actividad. Fuiste un niño feliz en la postguerra,
aunque te dieras cuenta de ello mucho más tarde, al contar tus experiencias
de infancia en los libros que quedarán para siempre, en la memoria
colectiva, como testimonio de una época en la que la calle, el campo
y el quehacer cotidiano, repetido con el paso de las estaciones,
eran los mejores maestros. Fuiste seminarista y fraile, y de entonces
te quedó el don de gentes, el trato afable y la capacidad de mover
conciencias; pero a fuerza de remover y pensar acabaste preguntándote
si la mejor forma de ayudar a los demás no era la palabra sino la
acción, y por eso te metiste en la lucha liberadora e idealista
contra la tiranía y la sinrazón de la dictadura, como cura obrero.
Luego de los sinsabores de la lucha política, descubriste de nuevo
la vida y te hiciste escritor, porque había que ganarse el pan y
eso de contar experiencias era lo tuyo, porque las llevabas cosidas
desde siempre en las entretelas del corazón. También intentaste
ejercer de político en la democracia, pero todos estamos seguros
de que los breves paréntesis de tu actividad como administrador
público, además de los sinsabores cotidianos, solo te dieron más
ganas de hacer lo que mejor sabías: contar las historias más bonitas
con las palabras más apropiadas, usando este castellano de las estribaciones
del Moncayo que te enseñaron tus padres, el tio Eustaquio y la tia
Milagros, en la casa de la calle Somera, que fue tu hogar y el suyo.
Nadie ha sabido contar como
tú las picias de los niños, ni las maldades de los adultos, ni la
soledad de los pueblos abandonados, ni la belleza de los parajes
con que nos sorprende todos los días esta provincia casi olvidada.
Nadie ha glosado las tierras sorianas con más cariño, ni ha invitado
con más gracia al caminante a pararse en todas las fuentes para
probar el agua, y en todas las cantinas para probar el vino, que
es la mejor manera de comenzar a
hacerse uno tierra con cada tierra y gente con cada gente. Pero
además, los de Valdegeña sabemos que, contaras lo que contases,
describieras el paisaje que fuera y hablaras de quien hablases,
sólo contabas, describías y hablabas de las viejas sensaciones,
parajes, situaciones y personas que conocías de tu viejo y humilde
pueblo natal. Todas las piedras y rincones de este pueblo de sierra
han quedado esparcidas por tus libros, como un homenaje a tu identidad
y a la nuestra, todas las anécdotas y las historias que oíste contar
a tus mayores han quedado gravadas de forma magistral entre los
argumentos de tus novelas y cuentos, aunque se desarrollarán a muchas
millas de aquí, y los personajes tuvieran nombres extraños y los
hubieras hecho nacer o vivir en sitios muy distantes de este valle
ibérico y castellano.
Por medio de tu pluma, las
viejas leyendas que hasta ahora pasaban de padres a hijos, y se
perdían cuando fallaba algún eslabón entre medias, quedarán como
parte de la herencia colectiva que nos otorga esa singular identidad,
que poco a poco nos empeñamos en perder. En tus libros, los oficios
y las ocupaciones de antaño, todos ligados al viejo modo de vivir
de cuando naciste, reviven y cobran sentido, a la vez que son el
testimonio de una civilización perdida, que nunca más volverá, pero
que a muchos nos dio la visión del mundo que tenemos. En tu prosa
clara y a veces terrible, en especial cuando describías los paisajes
arrumbados o la muerte, latía el sentimiento de conocer que pertenecías
a una estirpe de hombres curtidos en el trabajo, que llevaban a
cuestas la voluntad de sobrevivir por encima de todo, por encima
del cansancio, de la derrota y de los hados de un destino casi nunca
propicio: la estirpe de los habitantes de esta parte del mundo,
que quisiste inmortalizar porque poco a poco se va perdiendo en
el olvido, como las aguas del río de la Dehesa, que no llegan a
desembocar en el Rituerto porque se sumen en la tierra antes de
llegar a juntarse con él.
Hoy que los chopos de la
Fuente Vieja han cambiado su eterna canción de cuna por una elegía
que te recuerda, cuando la senda del Monte Hueco rememora tus paseos
hasta la Sierra del Madero y el terraplén de la vía cae en la cuenta
de que nunca más volverás a describir con el acierto que solías
la persecución de las liebres por sus alrededores, queremos los
de Valdegeña recordarte con alegría y, sobretodo, con agradecimiento,
porque a puro de recordarnos todas las historias que estábamos en
trance de olvidar, nos has hecho caer en la cuenta de quienes somos
y por qué estamos aquí. Nos has devuelto la memoria y le has dado
sentido a cada piedra, a cada casa, a cada árbol del pueblo, pero
lo que es más importante, has conseguido que cada uno de nosotros
preservara el orgullo de pertenecer a esa vieja estirpe de perdedores
que habita en Valdegeña.
Te recordaremos como el amigo
y el hermano nos hizo recuperar la conciencia y el orgullo de ser
nosotros mismos, en nuestro rincón de la Tierra y sin desdeñar a
nadie, pero portadores de una tradición y de un saber ser que deben
ser ofrecidos como herencia a las generaciones que vienen detrás.
Tú, Avelino, tuviste el privilegio
de salvar nuestra conciencia, y por eso mereces recuerdo y honor,
aquí abajo, además de la gloria allá arriba, para que puedas seguir
gozando como siempre lo has hecho: contando historias del pueblo
con palabras que estremecen el alma de los que te oyen hasta identificarse
con los gozos y los sufrimientos que describes. Nuestro corazón,
ya para siempre moldeado por esa manera tuya de ver el mundo, llevará
indeleble la huella de tu recuerdo. Gracias por haber intentado
hacernos mejores y que muchos más, en esta Valdegeña ya para siempre
maltrecha sin ti, sigan tu ejemplo vital.
José Antonio GONZALO ANGULO
(Valdegeña, Soria)
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HASTA
LUEGO, AVELINO
RECOJAMOS SU TESTIGO PARA
SEGUIR CON SU OBRA Y SU LUCHA
Como me gustaría, aunque
solo fuese para este momento, saber emular a nuestro querido Avelino
y así poder escribir este texto con la intensidad, y la sencillez
con que él lo hacía.
Siempre me parecieron absurdos
los homenajes a una persona al morir, porque no tienen sentido,
es como celebrar una fiesta de despedida en honor a alguien días
después de que partió. Los homenajes, los reconocimientos, las señales
de gratitud deberíamos mostrarlos cuando la persona está con nosotros,
acordarse después, es demasiado tarde. Pero como no se han
ofrecido antes no nos queda mas remedio que hacerlos a destiempo
y ya no sé bien si se realizan por la persona desaparecida o como
consuelo para nosotros mismos por su pérdida.
Avelino, que era una persona
sencilla, creo que no sería muy partidario de este tipo de actos
y me parece que el mejor homenaje que le gustaría que le hiciésemos
sería recoger su testigo, su obra, su lucha por la libertad,
sus ganas de vivir y ser feliz, su empeño por sacar a su pueblo
y a su tierra de la ruina y del olvido,... recoger todos esos valores
que defendió y por los que luchó toda su vida. Incluso hasta cuando
tuvo que enfrentarse con el terrible cáncer no paró en su empeño
y con las fuerza limitadas mantuvo su lucha estoica hasta el final.
Este es el homenaje que le debemos hacer y la obligación que nos
debemos marcar: que no se pare lo que él inició, que continuemos
con su obra, tal vez no tengamos su sensibilidad y su saber hacer
pero siempre podremos aportar algo. Siempre me animaba y me decía:
"Tu sigue pintando, haciendo fotos, escribiendo, no sé ...,
seguro que llegará el momento, lo importante es crear, hacer cosas,
quedarse parado no tiene sentido".
Recuerdo, con inmenso cariño,
la última vez que estuvimos con él y con Teresa en su casa de Selva:
ya enfermo y menguado físicamente, ni siquiera nos atrevíamos a
llamar por no molestarle. A primeros de septiembre del año pasado
fuimos de vacaciones a Mallorca, le llamamos para ver como estaba
y dejimos que estábamos por allí y que si le apetecía le hacíamos
una visita, me contesto que: -por supuesto. Dejamos pasar los días
visitando la isla y nos llamó diciendo: -¿no venís
a visitarnos?. Una tarde clara y apacible nos acercamos a su casa,
fue fantástico, ¡qué recibimiento, qué alegría, qué afán de enseñarlo
todo, qué capacidad de escuchar..., cuánta sensibilidad!. Recuerdo
con qué delicadeza mostraba su jardín a nuestra hija Marta, como
consiguió despertar tanto interés en ella. Le contaba cómo funcionaba
la fuente, le enseñaba todo, el pozo, los caquis, cogieron limones,
tomates, flores; le mostró la colección de herramientas antiguas,
la escultura, todo. Era capaz de ponerse al nivel de su interlocutor,
escucharle y después despertar su curiosidad e interés, tal vez
por eso tuvo tanto éxito con sus libros de cuentos, se ponía a nivel
de los niños y con sencillez les contaba cosas. Fue una tarde mágica
e inolvidable. Siempre con el recuerdo de su tierra y su pueblo,
nos contó como había descubierto ciertos paralelismos de Selva con
Valdegeña, ambos con el monte calizo y las carrascas a sus espaldas,
ambos con la iglesia en lo alto, ambos con el valle al frente,...
su pueblo y su tierra siempre en su mente y en su corazón.
Hace poco tiempo, le envié
un mail donde me quejaba por el deterioro del hermoso paisaje que
tenemos en Valdegeña y me respondió:
"La guerra de los molinos
de electricidad está perdida en Soria. Otra pérdida. A pesar de
todo, seguiré volviendo al pueblo. Juan Ramón Jiménez diría que
"Bien le viene al pájaro/su primer nido". Espero
que este mes de mayo la enfermedad, los galenos y el tiempo me permitan
acercarme."
Es como si, de acuerdo, vale;
perderemos muchas batallas pero no hay que desanimarse, sino seguir
luchando. Y vaya si volvió, en mayo, no quiso marcharse de este
mundo sin despedirse de su pueblo, de su tierra y de su gente.
A primeros de diciembre
del 2.002 le envié esta foto y me respondió:

"¡Cuántas cosas evoca esa
foto! Todo un mundo. Te lo agradezco. Aún iremos algún día a bandear
a mano."
Qué injusta es la
Naturaleza, ¿Alguien me puede explicar por qué la guadaña
ha segado tan pronto y con tanta brusquedad la vida de Avelino?.
Como consuelo nos ha dejado
una herencia muy valiosa, que no es poco, su obra, su lucha, su
espíritu, sus recuerdos y sus libros y sé que aunque se ha marchado
siempre estará cerca, animando para
sacar a nuestro pueblo del olvido, por enseñarnos los verdaderos
valores de la vida y por mostrarnos el camino para ser felices:
¡Gracias, Avelino!.
Marta, Alicia y Alberto.
Madrid, 30 de julio de 2.003
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CARTA A MI HERMANO AVELINO
Poco ha sido lo que hemos
podido disfrutar de tu agradable compañía por motivo, como diría
Nuria, de que la Sierra del Alba no nos pudo dar cabida: hubo que
emigrar. Yo a Bilbao, para después llegar a Madrid donde actualmente
resido, junto a Araceli. Tú a Miranda de Ebro, donde hiciste el
bachillerato. Luego fuiste a estudiar filosofía y letras y humanidades
a la Universidad de Sevilla.
Avelino, tu gran capacidad
e inteligencia te permitieron hacerte con esa pluma tan llena de
cariño para saber transmitir todos estos poemas que nos has dejado,
tan interesantes, por todos los rincones de España, sin olvidar
tu Soria querida, que a través de tus libros se está conociendo.
Nunca olvidaste que Valdegeña también es tu pueblo, y por allí han
pasado niños de Cantalejo, Sepúlveda, Gómara, Tierra de Pinares,
Agreda, Zaragoza.
¡Qué alegría ver recorrer
las calles de tu pueblo a tantos niños! Desde el balcón de los abuelos
Silvestre y Benigna, mientras tu les hablabas de los episodios que
ilustran las placas colocadas por todas las casas de Valdegeña,
como la que hay en casa de nuestros abuelos ("Mi abuelo tiene una
vaca, que se llama Silvestre - mi abuelo, no la vaca-"). Avelino,
de ti he aprendido mucho. He sabido transmitir esa sonrisa y el
cariño que tenías. Nos has dejado verdaderos amigos: Pepe, , Ignacio,
Evelio. He conocido los rincones preciosos de Soria que me solías
enumerar: Yuba, Caracena, Rello, Castro y, por qué no, Valdelavilla,
pueblo de donde viene la familia de la abuela Benigna, que tanto
nos quería.
Te nos marchaste a Mallorca
a gozar junto con Tere de esa tranquilidad del Mediterráneo, y a
hacerte a la mar con tu "Gloria" querida, ese pequeña barca construida
con madera de Soria: para ti un orgullo, como para mí y Araceli,
que fuimos a disfrutar de ella un día de pesca junto con otros amigos:
Ursi, Sinda, Cesar y Mery. Corto fue tu descanso, pero lo suficiente
para dar a conocer tu Soria admirada, como así se ha demostrado
en Selva, el pueblo que te acogió en Mallorca, donde te han sabido
dar el último adiós con el cariño que merecías.
Un abrazo dondequiera que
estés.
Inocencio Hernández Lucas.
Valdegeña (Soria)
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web de Avelino: www.avelinohernandez.com |
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Asociación Cultural
"SIERRA DEL
MADERO"
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